The eighty street dream.

El tomar el primerizo recuerdo de mi sueño que se llamó por muchos como amor es una falta de respeto hacia el océano de sentimientos sangrantes de mi corazón.

Un café a las 3, 4, 5 de la tarde. Desde hace 5 años. Tendrían que venir hasta acá y golpearme, para cambiar mi paradigma de observador con demasiada cafeína en las venas como para respetar las fronteras de las convenciones sociales.

En una costa cual arena sintió mi llanto, se encuentra una concha probablemente. Una concha que pisé mientras corría y lamentaba mi suerte, mi destino. Puedo escuchar un leve ritmo de bajo, deprimente, y triste, acompañando la narración de cómo en esa playa encontré un lugar, entre las luces de una vieja ciudad. Un lugar que contenía energías arcanas e indescriptibles aún para mí.

Dicho lugar no era nada especial; no había una señal ni era un lugar en un mapa. Si lo consultases en cualquier aplicación, sólo sería un punto descrito por coordenadas, aún sin nombre, aún sin ocupar. Al lado de unas fuentes de diversos colores, en medio del regocijo de algunas personas, sólo me senté.

Sé que fue un sueño, pues en mi vida todo quería morir. Mis esperanzas, ideas, mi alma voladora y mi cerebro palpitante. En ese sueño, en ese punto… Pude respirar un aire que no había respirado hacía diez años. Verán, he padecido asma desde los tres años, y por lo tanto nunca he podido inhalar adecuadamente de ambas fosas nasales. Tan pocas han sido las ocasiones, que recuerdo bien la primera vez que, desde que tengo memoria, pude jalar aire hasta el lugar más profundo de mis pulmones.

Ese lugar, de esa ciudad, al lado de esa playa, rodeado de las rojizas y purpúreas luces… El mundo me hizo respirar a más capacidad de lo que mis pulmones me han dejado. Más como que me obligó. No me permitió rendirme.

El amor forjó mi alma, en dicho sueño. Y ese sueño que llamo amor continúa haciéndolo, pero como energía que es, cambia de formas. Ahora pertenece a una forma de vida muy peculiar; una forma de vida que no me sorprendería entendiera todos y cada uno de los acertijos de esta fábula. No por que sea inteligente- que lo es en demasía- sino porque es mirar mi alma al espejo. Una sensación de temor, de mirarme a mí mismo a los ojos, en un cuerpo de sexo distinto y pasado trenzado de manera distinta, me acecha.

Dicha mirada de felino hambriento por mi cerebro y mis palabras es la que me hace sentir presa, y miedo se manifiesta, miedo de no ser suficiente humano o bestia para satisfacer el apetito de ese amor.  Pero no queda más que intentarlo.

Un día volver a esa ciudad, en esa playa… En ese punto… Y devolverle la energía que me prestó. Esta vez, al doble de cantidad, y contaré en que podré hacerlo si puedo ver la sonrisa de mi felina en ese instante. Y habré de llevar a mi familia, mis amigos, mis hijos, mi amada, mis compañeros de vida, mis enemigos, al punto. Aunque cese de existir, y aunque se desatase una guerra. Aunque el tiempo corroa el agua de las fuentes, tumbe la arquitectura a los lados, y apague las vívidas luces, le daré de vuelta al mundo la energía que me dio.

Gracias, al amor. Un sorbo de café te dedico. Y los siguientes respiros que te dé este pulmón otrora vencido. Y esta prosa te entrego.

Ahora pareciera que todo en este mundo queda a ochenta calles de distancia, irracional figura de cinco dimensiones en que se explayan las imágenes de la gente en mis ojos. Flotando en el suelo con angustias tan pesadas como sus malhechores. Partiendo hacia el final sin disfrutar el viaje, no has de ser tonto e imitarlos.

Entrega al amor lo que te ha entregado.

“And in the end, the love you take, is equal to the love you make”

—The Beatles.